Niebla, niebla y más niebla. Así fue nuestro primer asalto al
Picu. Siete días por si
teniamos mal tiempo (menos mal) y sólo pudimos escalar el último.


Seis días conviviendo en una tienda, jugando con dos rotuladores y tres esterillas como tablero. Aquello sí que suponía ser compañeros; soportar los olores del tipo de al lado, ese que dice ser tu amigo pero no parece hacer nada por facilitarte la existencia luchando, aunque sea un poquito, contra ese hedor que desprende. Claro que él te reprocha lo mismo. Y en verdad que no son reproches, es puro aburrimiento. Es compartir ilusiones y desilusiones, todo junto y a la vez. Uno copia croquis como si fuese a hacer una guía, el otro dice
tonterías mientras el último coloca y
recoloca el equipo una y otra vez como si fuera el mayor tesoro que nunca hubiese visto.

Así
practicamente una semana, con semejante mole de caliza a escasos metros, pero pudiéndola ver tan solo por momentos. Momentos que dibujan ilusión en las miradas mientras un nuevo banco penetra lentamente en Vega
Urriellu,
recordándonos quien manda.
Conocemos a
Edu,
pedricero que además es colega del Largo. Ha venido con
Tomek, pero
Tomek trae a la novia y
Edu necesita un compañero de
cordada, nosotros somos tres, así que me ofrezco a ir con él. Me motiva la vía que me propone, la
Pidal-
Cainejo, y así podremos subir todos bien, en
cordadas de dos.
Es nuestro último día allí, y amanece el mejor día de aquel verano (o así lo recuerdo yo). Partimos temprano hacia pie de vía y ya todo fue p'
alante.
Antes de esto sólo había metido cacharros la vez que estuve en Galayos y sólo había abierto un largo. Supuestamente iba sobrado de grado, pero en estos terrenos uno nunca sabe del todo. Empezamos haciendo una fácil travesía a derechas con los gatos puestos y las cuerdas a la espalda, parece que comienza el tema con carácter. En mi mente sólo existe una idea; hay que salir por arriba, descubrir que es esto de las tapias y demostrarme que esto es lo mío.
Edu me propone hacer ensamble, yo acepto. Avanzamos deprisa, pero aparecemos en la repisa
Schulze...seguimos hacia la izquierda por unos diedros evidentemente rotos y acabamos en la Cepeda. Al final salimos a cumbre.
A día de hoy habernos perdido me da igual. Ese día descubrí verdaderamente que lo que más me gusta es la tapia, es esa sensación de autonomía, de navegar en vertical, marcando tu rumbo por la roca. Todo depende de
ti y de tus decisiones, subir o bajar, el éxito o el fracaso, el compartir una cumbre o un suspiro de alivio al pisar tierra firme.


Arriba nos reunimos las dos
cordadas, cada una con su aventura particular, pero todos satisfechos, todos arriba.
El resto es ron nocturno y vuelta a Madrid con parada obligada para croquetas de cabrales, chorizos a la sidra, chuletón asturiano y demás manjares, jejeje.